El caminante renuncia sin aviso a lo que fue.

La resaca de la incertidumbre desaparece con los primeros rayos de luz que, por fin, alumbran los pasos pioneros de lo que promete ser una entre un mil. Se adivinan miradas furtivas, tímidas, que dan, rápidamente, paso a ojos sinceros, a verdades sin tapujos. Quien era nadie ayer lo es todo hoy. Y todo lo que eres hoy está más allá de lo que fuiste ayer.

Convertido en peregrino, el caminante renuncia sin aviso a lo que fue, a lo que será tras el Camino, y se aferra a su presente de tal manera que tras alguna jornada de titubeo ya no piensa en su familia, en lo que allí le llevó, en lo que atrás dejó o en lo que pensó que el futuro traería. Durante jornadas y jornadas de plácido (duro a veces) caminar ha encontrado una familia nueva, confidentes que sustituyen la mejor terapia argentina por oídos que escuchan, por bocas que hablan con sincero amor a quien cien kilómetros atrás nunca habían conocido.

Por dentro, una marea arrebatadora limpia viejas heridas cual tsunami, sin dejar rastro; la mente (tan amiga a veces; enemiga otras) deja al poco de divagar en lo que fue o pudo haber sido y no piensa sino en su caminar y en el de quien con dolor en el rostro y amor en la sonrisa desea no más que lo mismo que ella. Llegar, descansar y seguir.

Madura el reto y con él el cuerpo se hace duro y crece para darse cuenta de que lo que ayer fue dura empresa es hoy paseo, que se adapta con facilidad si lo cuidas, que nada está más allá de su capacidad de superar, que dentro de cada ser existe un Juan Salvador Gaviota queriendo desplegar sus alas y volar.

Habla entonces el cuerpo y escucha la mente, atenta, la lección que él le da.

Vínculos extraños entre gente extraña que ya no se extraña delo que el Camino entraña.

Cristian Ortas

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    La resaca de la incertidumbre desaparece con los primeros rayos de luz que, por fin, alumbran los pasos pioneros de lo que promete ser una entre un mil. Se adivinan miradas furtivas, tímidas, que dan, rápidamente, paso a ojos sinceros, a verdades sin tapujos. Quien era nadie ayer lo es todo hoy. Y todo lo que eres hoy está más allá de lo que fuiste ayer.

    Convertido en peregrino, el caminante renuncia sin aviso a lo que fue, a lo que será tras el Camino, y se aferra a su presente de tal manera que tras alguna jornada de titubeo ya no piensa en su familia, en lo que allí le llevó, en lo que atrás dejó o en lo que pensó que el futuro traería. Durante jornadas y jornadas de plácido (duro a veces) caminar ha encontrado una familia nueva, confidentes que sustituyen la mejor terapia argentina por oídos que escuchan, por bocas que hablan con sincero amor a quien cien kilómetros atrás nunca habían conocido.

    Por dentro, una marea arrebatadora limpia viejas heridas cual tsunami, sin dejar rastro; la mente (tan amiga a veces; enemiga otras) deja al poco de divagar en lo que fue o pudo haber sido y no piensa sino en su caminar y en el de quien con dolor en el rostro y amor en la sonrisa desea no más que lo mismo que ella. Llegar, descansar y seguir.

    Madura el reto y con él el cuerpo se hace duro y crece para darse cuenta de que lo que ayer fue dura empresa es hoy paseo, que se adapta con facilidad si lo cuidas, que nada está más allá de su capacidad de superar, que dentro de cada ser existe un Juan Salvador Gaviota queriendo desplegar sus alas y volar.

    Habla entonces el cuerpo y escucha la mente, atenta, la lección que él le da.

    Vínculos extraños entre gente extraña que ya no se extraña delo que el Camino entraña.

    Cristian Ortas

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