Desconectar de mi entorno y de mi gente

Soy Ana. Tuve un año con muchos cambios que me afectaron mucho, y me apetecía desconectar de mi entorno y de mi gente. Decidí hacer el Camino de Santiago por recomendación de Pablo Guiroy. Él me trasladó la tan buena experiencia que había tenido y me animó a probarla. Comencé en Pamplona, no estaba muy segura de hacer el Camino o no. Y con lo primero que me encuentro es el Alto de Perdón. Yo, que físicamente no estaba nada preparada… Fue tan dura la subida, pero llegar y ver Navarra desde esa altura, el monumento al peregrino, los molinos tan cerca… Y allí estaba yo solita, sentada y descansando. Todos los peregrinos que allí nos juntábamos nos sonreíamos, no hacían falta palabras. Pensé que había sido una buena decisión hacer el Camino. Porque durante todo el viaje se repitió esta sensación, todo sonrisas y bienestar, a pesar de caminar más de 20 kilómetros al día.

El Camino ha supuesto para mi toda una experiencia, una manera de estar conmigo diferente, he pasado muchos momentos sola, con mi compañía. Y lo duro que es caminar por la nada, cuando no se divisa ningún punto de referencia para parar… El estar conmigo me ha hecho pensar sobre mí, pensar en mí, que nunca tengo tiempo.

Me llamó la atención el oasis que me encontré en Villamayor de Monjardín. Una etapa de una docena de kilómetros por el Camino, serían más o menos esos. Y allí había una furgoneta que vendía bocadillos y bebidas a los peregrinos. Una terracita a la sombra de los árboles y una cocacola en medio de la “nada”. Impresionante. El mejor restaurante al que fui, el mejor pensado para los peregrinos.

La gente que conoces en el Camino, con su mochila, igual que tú o con otra más pesada. O más ligera. Y algo te une a ella, algo nos une a todos, algo que se respira, que está en cada piedra del Camino, en cada albergue, en cada menú del día, en cada café mañanero, en cada bocata compartido, en cada cerveza, en cada ampolla, en cada tirón, en cada sello que vamos rellenando en nuestra credencial, en cada momento de lavandería, en el momento del masaje en tus pies… en todos los momentos del Camino.

Una experiencia tan recomendable… Casi casi obligatoria en la vida de cada uno de nosotros. Hacer un alto en el camino de mi vida para hacer el Camino de Santiago y encontrarme yo y toda la maravillosa gente que he conocido.

Se me caen las lágrimas cada vez que pienso en el ¡Buen Camino!

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    Soy Ana. Tuve un año con muchos cambios que me afectaron mucho, y me apetecía desconectar de mi entorno y de mi gente. Decidí hacer el Camino de Santiago por recomendación de Pablo Guiroy. Él me trasladó la tan buena experiencia que había tenido y me animó a probarla. Comencé en Pamplona, no estaba muy segura de hacer el Camino o no. Y con lo primero que me encuentro es el Alto de Perdón. Yo, que físicamente no estaba nada preparada… Fue tan dura la subida, pero llegar y ver Navarra desde esa altura, el monumento al peregrino, los molinos tan cerca… Y allí estaba yo solita, sentada y descansando. Todos los peregrinos que allí nos juntábamos nos sonreíamos, no hacían falta palabras. Pensé que había sido una buena decisión hacer el Camino. Porque durante todo el viaje se repitió esta sensación, todo sonrisas y bienestar, a pesar de caminar más de 20 kilómetros al día.

    El Camino ha supuesto para mi toda una experiencia, una manera de estar conmigo diferente, he pasado muchos momentos sola, con mi compañía. Y lo duro que es caminar por la nada, cuando no se divisa ningún punto de referencia para parar… El estar conmigo me ha hecho pensar sobre mí, pensar en mí, que nunca tengo tiempo.

    Me llamó la atención el oasis que me encontré en Villamayor de Monjardín. Una etapa de una docena de kilómetros por el Camino, serían más o menos esos. Y allí había una furgoneta que vendía bocadillos y bebidas a los peregrinos. Una terracita a la sombra de los árboles y una cocacola en medio de la “nada”. Impresionante. El mejor restaurante al que fui, el mejor pensado para los peregrinos.

    La gente que conoces en el Camino, con su mochila, igual que tú o con otra más pesada. O más ligera. Y algo te une a ella, algo nos une a todos, algo que se respira, que está en cada piedra del Camino, en cada albergue, en cada menú del día, en cada café mañanero, en cada bocata compartido, en cada cerveza, en cada ampolla, en cada tirón, en cada sello que vamos rellenando en nuestra credencial, en cada momento de lavandería, en el momento del masaje en tus pies… en todos los momentos del Camino.

    Una experiencia tan recomendable… Casi casi obligatoria en la vida de cada uno de nosotros. Hacer un alto en el camino de mi vida para hacer el Camino de Santiago y encontrarme yo y toda la maravillosa gente que he conocido.

    Se me caen las lágrimas cada vez que pienso en el ¡Buen Camino!

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